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por cristinica

Mangata

Hace unos días decidí poner orden a los cientos de folios que habitan, a lo loco, los rincones de nuestra casa. Descubrí que no solo ocupan los cajones habilitados para ellos, las estanterías y el escritorio de mi despacho; también los encontré entre la ropa del bebé, en la cesta de los zarrios de la cocina, en el mueble del salón, en el último peldaño de la escalera.

Empecé a hacer grandes bloques sobre el suelo de parqué: cartas de amor, tratamiento de fertilidad, despedidas importantes, embarazo, maternidad, anorexia. También hay montones más pequeños sobre algunos miedos, proyectos que se quedaron a medias, aciertos y errores, bastantes textos sobre rutinas, responsabilidades y culpas. Hasta una carta a los Reyes Magos de 1993, un diario cuyas hojas aún guardan perfume y la respuesta de un ratón llamado Pérez con caligrafía de mujer.

Siempre he escrito para mí, con el único propósito de poder abrirme una ventana, donde quiera y cuando la necesite, por donde asomar la cabeza y respirar. Cuando lo hago, la tinta corre sobre el papel tan rápido que acaban doliéndome las manos. La presión de la cabeza y del pecho disminuye. Me oxigeno a cada trazo. Para mí, es el equivalente a dormir ocho horas del tirón.

Me han preguntado muchas veces las razones por las que no escribo, sobre todo después de tener un título en periodismo, un máster de narrativa y un sinfín de cursos. Pero sí lo hago, escribo y mucho. La pregunta correcta sería por qué los folios aguardan, esparcidos por todos lados, a que alguien los lea, disfrute o deteste.

Mi Pepito Grillo tiene treinta y seis años y lleva barba. Duerme a mi lado desde hace una década y, desde entonces, me susurra al oído que, cuando abra mi ventana, la deje entreabierta para los demás.

Puede que nadie se apoye en su alfeizar durante años o que, quien lo haga, se lleve una decepción con lo que encuentre al otro lado. Pero puede que haya una persona, en algún lugar, en un instante concreto, que necesite toparse con ella, abrirla poco a poco y respirar conmigo. Yo misma me he asomado a las ventanas de otros muchas veces, en busca de respuestas, de ayuda, de consuelo. Solo para asegurarme de que no estoy loca, al menos, no del todo.

Hoy, por fin, he creado mi ventana y hasta le he puesto nombre: Mangata. Así es como denominan los suecos al reflejo que crea la luna en el mar. Ese camino lleno de luz que puede llevarnos a cualquier parte.

A veces, seré yo quien la abra; otras, crearé personajes e historias que lo hagan por mí. Como poco, lograré poner orden en nuestra casa y dejaré de acumular papeles y letras en lugares insospechados.

Mi Pepito Grillo me recordará que la deje siempre entreabierta. Por si, en algún momento, necesitas asomarte.

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