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CONSTANTE

por cristinica

Cuando escribes y por fin la gente que te rodea lo sabe, esperan palabras bonitas en cumpleaños, celebraciones, entierros… Y lo haces, las escribes, por no defraudar y siempre con el miedo escondido en cada una de esas letras. A nadie le gusta desnudarse por completo, aunque tenga facilidad. Por eso no suelo hacerlo a menos que me lo pidan. En cambio, hoy me apetece. Puede que el cóctel de hormonas que inundan mi cuerpo tenga la culpa. Y voy a dejar que guíe mi escritura unas cuantas líneas más, a ver qué sale.

El cuerpo o el alma (no sé bien porque siempre los ando mezclando) me pide que os hable de Sara, a riesgo de ganarme un «cabrona» por el atrevimiento o por lo que pueda hacerle sentir. Sara cumple hoy 34 años y supongo que la definición que le correspondería según la RAE sería la de «amiga» o «mejor amiga», si tenemos en cuenta la cantidad de años que lleva aguantándome. En cambio, considero la amistad como algo difuso, algo que viene y que va según las personas y sus distintos momentos vitales. Es difícil cuadrarnos, necesitar cosas similares al mismo tiempo, y por eso he tenido buenos amigos que ya no lo son tanto, amigos presentes a todas horas a los que no veo desde hace años, amigos convertidos en desconocidos o vecinos que acaban siendo amigos, al menos durante una temporada. Quiero decir que Sara es más que eso. Sara no es volátil, bueno, Sara sí, solo hay que conocerla un poco, pero no lo que tenemos. Sara es una constante. Y, por tanto, no es una «amiga» ni una «mejor amiga».

Eso es, una constante. Que se repite con frecuencia (a veces con mucha y a veces con poca), pero que persiste sin variar su intensidad y jamás se interrumpe. Que tiene un valor fijo incalculable. Sara es la mía desde que tengo memoria. Nos recuerdo en la guardería, con nuestra sudadera azul del Pato Lucas; inventando pócimas contra la bruja de música, jugando a Barbies en el suelo de su habitación; comiendo arroz a la cubana con plátano frito; en la piscina; en la playa; en el camping de mis abuelos; en parques y trenes; en patines y en bicicleta; bailando juntas en el banquete de nuestra Comunión; robando nuestro primer cigarrillo, sujetándome el vestido para que pudiera hacer pis el día de mi boda… En cambio, no compartimos muchas fiestas ni borracheras. Tampoco secretos en baños públicos ni tontunas de adolescencia. No nos hizo falta. Nada ocurrió gracias a ello ni se quebró a pesar de tomar caminos diferentes.

Nos pasan muchas cosas todos los días, pero solo unas pocas de estos 34 años merecen una reseña. Cuatro experiencias, quizás cinco, nos marcan y definen quiénes somos. Y suelen ser extremas, de muchísimo dolor y muchísima felicidad. Sara siempre ha estado presente, cuando más me ha dolido y cuando más he sonreído. Sin necesidad de pedírselo, sin necesidad de agradecérselo ni de correspondérselo. Porque así son las constantes. Solo espero ser capaz de permanecer a su altura (no a la real, que me resulta imposible :P, sino a la que de verdad importa).

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