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EL VERANO DE UN CAPITÁN EN CALZONCILLOS

por cristinica

Lo había dejado muy claro, así que ahí estaba, de cuerpo presente, sujetando bajo sus manos entrelazadas un ejemplar manoseado de El Capitán Calzoncillos. Quisieron convencerle de que eligiera otro, cualquiera de las más de cincuenta obras que había imaginado y plasmado sobre el papel, pero optó por un libro que ni siquiera era suyo y con un título que jamás habría puesto. Insistió.

Su pulcritud en la escritura le llevó a ser un lector terrible. No podía devorar una novela sin llenarla de tachones y anotaciones a pie de página. No podía perderse por completo en ninguna historia, salvo en las que emergían de su cabeza. Por eso, a menudo, vagaba entre la ficción y la realidad hasta confundirlas.

Fue así durante sesenta años, hasta que Mario irrumpió en su extensa biblioteca con una galleta de chocolate en una mano y un cuento en la otra. El miedo a que el trabajo de meses o años de un desconocido acabara pringado de cacao le llevó a correr hacia su nieto y a arrebatarle el libro de un manotazo. Mario, absorto en el último bocado, se asustó y comenzó a llorar. No estaba acostumbrado a lidiar con niños de carne y hueso, así que buscó mentalmente una referencia literaria a la que agarrarse y se acordó de Guisseppe Levi. Cogió a Mario y lo sentó en sus piernas, igual que él hizo con Natalia en Léxico familiar.

Ese miércoles de junio, entre mocos contenidos y migas de galleta, firmó un contrato imaginario con su nieto que se extendería a todas las tardes del verano. Mario esperaría a que el sol dejara de calentar las cubiertas de los libros que recorrían las paredes y, entonces, accedería a la biblioteca de puntillas para no hacer ruido, por si el abuelo estaba en mitad de una escena importante. Después, se sentarían juntos en la alfombra y se comerían todas las galletas que quisieran comerse. Sin límites. A continuación, se lavarían las manos a conciencia para poder descubrir en qué líos andaba metido el capitán Calzoncillos.

Mario también puso sus normas: sería el encargado de leer los capítulos en voz alta porque quería enterarse el primero de lo que estaba pasando.

—Pero si lo lees en voz alta nos enteraremos a la vez —le explicó el abuelo.

—De eso nada. Mis ojos lo verán primero.

La segunda condición fue que el lápiz de tachar tenía que quedarse sobre la mesa.

—Hay cosas mal escritas —protestó el abuelo.

—Al capitán Calzoncillos le dan igual.

No le quedó más remedio que rendirse a una lectura más banal. La voz de su nieto no respetaba puntos ni comas, pronunciaba mal la mitad de las palabras y las acentuaba según la emoción que le transmitían las acciones. Jamás había escuchado un recitar tan abrupto, pero tampoco tan apasionado; abierto por completo a la incertidumbre de cada frase, con la confianza plena puesta en el personaje y, por extensión, en el autor de la obra.

Las tardes de verano le llevaron a preguntarse si su perfección aburría a sus lectores, si les privaba de la oportunidad de dejarse llevar sin control por el desorden de unas cuantas letras.

—El capitán Calzoncillos actúa sin pensar, abuelo. De ahí le salen la valentía y las ideas magníficas. Luego ya piensa un poco y rectifica si hace falta.

Esa era la clave que le permitía al capitán salir victorioso de todas sus batallas. Y eso fue también lo que salvo la carrera literaria del abuelo. A partir de ese verano, dejó que sus personajes cambiaran las historias que había pensado para ellos y permitió que su prosa le sorprendiera, al menos, una vez en cada página.

El Capitán Calzoncillos estaba donde debía estar; bajo el cobijo de sus manos entrelazadas, que habían escrito mejor bajo su mando, y sobre el corazón, que había aprendido a latir con Mario.

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